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Me gusta la idea de hacer el reporte de accidentes, seria genial saber en todo momento los accidentes y el porque de ellos. No me parece mal.
Por otro lado, que no se te olvide, que seguimos estando aquí. Y que si necesitas algo, cualquier cosa, nos des un toque. Cuando estes preparado de nuevo nos vamos juntos a hacer campa y a hacer inflados, para volver a coger mano.
Un abrazo campeón.
No busques novia en un despegue, ni térmicas en un garito, jajajajajaj.
He retomado de lleno la actividad parapentística con cinco o seis vuelos, dos de los cuales han sido un festín de espacio/tiempo por su duración y por el disfrute de moverte en las tres dimensiones -volar es el autentico 3D y no esas pamplinas de las gafitas- con el viento en la cara como única compañía. La peña, calidad humana de primera, no conozco otro ambiente mejor y ya me he movido en algunos. Es difícil poder corresponder a tantas atenciones desinteresadas y a tantas muestras de afecto que me animan e escribir estas cuatro líneas. Se echa de menos a alguna gente, como a Pablo el grande y a María.
Lo primero es lo primero: enseñanzas de los últimos vuelos.
1) He notado mucho la falta de campa, que es esencial. Me siento inseguro en los despegues, lo que supone casi un intento fallido por cada uno bueno. Tengo que retomar el ratito semanal de ejercicios en el campo de la feria, antes de que pongan la calle del infierno. El problema es que vendí el arnés, gran fallo, y la silla que tengo ahora es pesada y engorrosa, con el paracaídas ventral. Puede que en este sitio proteja algo a los compañones del frío y de un impacto traicionero pero esa preñez fraudulenta no anima a la campa. Será cuestión de quitar el nudo y poner un mosquetón para unirlo a la silla, que es como debe ir aunque nadie lo haga. Así podré quitar el paraca para practicar en tierra.
2) Alguna forma física es necesario mantener: 8 ó 10 kilómetros andando al trabajo todos los días que puedo me han permitido subir el repechón del Bosque cargando con un equipo que pesa casi el doble que el de algún colega, eso sí, a pasito lento.
3) El tema de seguridad.- Jota me trajo unas magníficas botas que me pongo solo al despegar y que me quito en cuanto toco tierra. Para andar no son cómodas, pero ya las he amortizado aterrizando sobre un montón de pedruscos en Montellano. Con las normales me hubiera hecho daño y con estas, ni me enteré. También uso sin ninguna molestia unas rodilleras espinilleras que ya me han servido varias veces con tanto despegue abortado y tanto aterrizaje al "rodillazo". No es coña, estoy por diseñar una silla con ruedas ¡No confundir con silla de ruedas, no tengamos mal fario! para aterrizar a gusto. Dos fracasos: la protección de motocrós no sirve para el parapente, mejor usar el peto de hípica que utiliza el colega letrado. Y a mi silla no le entran las sueltas rápidas que me trajo Jota. Cabezón que soy, las voy a meter mediante una delicada intervención quirúrgica en las cinchas, para escándalo del personal experto. Pero creo que se lo que me hago. En cuanto lo resuelva le devolveré a Josín los mosquetones y los enganches del acelerador que tan voluntariosamente me prestó.
4) De los vuelos malos, osea pinchazos, pues que todavía no me quedo arriba si las condiciones no son ideales. En algún caso, he sido de los pocos que han ido para abajo. Deja perplejo ver cómo los colegas parecen levitar más que volar cuando tú pareces sumergirte más que planear. He llegado a pensar que mi vela está podrida, pero alguien entendido me dice que no, que aprenda… pues eso.
5) Hablando de vuelos buenos, he disfrutado de dos de los mejores. A últimos de diciembre en Montellano volé hasta hartarme, en un día de invierno que envidiaría la primavera si se enterara. El viento estaba tan a punto que podía pilotar solo con el peso, abriendo los brazos como la chica del Titanic. Y hoy mismo nos ha sorprendido una jornada que ha ido mejorando hasta ser de las más buenas de esta estación, según los que saben. 1800 mt ellos, 1400 yo. Me he ido atreviendo a ganar altura por la cresta situada tras el despegue y por primera vez me he adentrado hacia el valle, ascendiendo donde ni había viento de ladera ni yo notaba térmica, será la magia del Bosque. Descendí, ensayando algunos giros, cuando no aguantaba más el frío en los dedos de las manos, como el resto del personal.
La única tapa caliente -albóndigas en sala- estaba rica, rica, por lo que he repetido resolviendo la cena como lo hacemos los resolteros. La tertulia, cordial y entrañable, con su puntito guasón y con el viejo Rouco cogiendo al vuelo los cachitos de pan con salsa que le dábamos. A la vuelta, un anochecer pardo rojizo nos regala la vista dejándonos cierto regusto a culpa, unos tantas sensaciones y otros tan pocas.
Entrada editada a las 11:56 – 22 enero, 2012 por Isidoro
Me quedé con las ganas de volar en La Parra este verano. Entonces no era cosa de dejar a la chica en la solanera del mediodía extremeño, así que perdí un vuelo y gané otra cosa. Hoy me he desquitado arrimándome a los senior de Triana que, siguiendo los augurios de Carlos, se organizan pa´tirar pa´Badajoz.
¡Bingo! Los 170 kilómetros (más los de vuelta) han merecido la pena sobradamente. El viento en su punto, la temperatura tolerable y la luz… indescriptible (que venga Vargas LLosa y lo haga). Y el ambiente acorde, los "locales" nos hacen sitio y entre todos no sumamos más de 15 o 20. Buena gente los primos pacenses.
En la sesión de mañana pruebo guantes (Punto azul de Decatlon) y peto de hípica. Salgo bien, cuando ya lo han hecho los demás, pero nada más despegar me siento el peto en la garganta aprentado de tal manera que me cuesta mirar hacia abajo. Aguanto un poco a ver si lo acomodo, mientras veo con envida como los demás caracolean por la parte más alta de la ladera. Aquello no mejora y enfilo el aterrizaje. Tomo en un cercado junto al campo oficial, donde los toros, pasada la novelería de los toreros de los vientos, ni se inmutan. Andando de regreso al aterrizaje pierdo la emisora y tardo más de dos horas en no hallarla. Menos mal que Gaspar la localiza a los cuatro pasos, si fuera zahorí, encontraría agua en el Sáhara en un año de sequía.
Subimos de nuevo -Rafa se encarga del transporte- y vuelvo a despegar bien. El vuelo, sin problemas, eliminado el peto. No es que la idea sea mala, es que hay que adaptarla al parapente haciendo más baja la zona del cuello. El domingo me pondré en la tarea. Decía que el viento se portó como si su nómina no tuviera recortes, ni un momento decayó su intensidad, lo que permitió volar siempre encima de la cresta. De haberme atrevido, hubiera saltado a la ladera de la izquierda, de 15 kilómetros de longitud, pero no hay que precipitarse. to´se andará. Un buen número de pilotos hicieron los catorce kilómetros de ladera, aunque alguno volvió en coche.
De regreso, el lucero del alba hace turno doble y nos escolta por la ventanilla de la derecha luciendo su luminosidad de gala, se ve que la visita de los de la capital lo ha impresionado. No hay camarera, ni guapa ni fea, en el bar, por lo que allí solo hemos disfrutado de la charla desenfadada -intercambiando estrategias para que las respectivas permitan volar también este domingo- de las tapas -croquetas de puchero, chorizo blanco, carne de venado y orejas en salsa- y de la cerveza. Fue entonces, o quizás más tarde, cuando un colega sacó a relucir que le habían deslumbrado unos ojos preciosos de muchacha, disimulados por una cara discreta. Y es que el susodicho, a la chita callando, no solo se harta de volar sino que además… se trae el premio en su retina.
Enseñanzas:
- Cualquier aditamento nuevo en el equipo -el peto por ejemplo- conviene ensayarlo primero colgando la silla, yo no tenía donde.
- O se controlan los objetos que llevamos o contaminamos el campo con cosas que nos cuestan caras reponer.
- Con los locales, suma cordialidad, ellos estaban allí primero.
- En los despegues el mejor sonido es el de la naturaleza. Algunos sevillanitos en Montellano nos hacen sentir vergüenza ajena, y eso que no son mala gente. Y la radio, solo para lo necesario, las ondas son un espacio común. La Parra es un ejemplo a imitar.
Entrada editada a las 21:13 – 29 enero, 2012 por Isidoro
A las ocho y media en punto salimos en el "coche de cinco parapentes" de Paco Mesa para el cursillo de lanzamiento y plegado de paracaídas en Teba. A esa hora, una veladura de vapores rasantes difuminaba la campiña a ambos lados de la carretera, como si el Creador hubiera dejado su obra a medio terminar, esperando a la tarde para dibujarla en todo su esplendor. Mientras desayunábamos en un ventorrillo, donde el padre se desvivía por ponernos las tostadas y el hijo domaba un potrenco alazán, me figuraba el lote de currar que se estarían dando Jota y los suyos montando el andamiaje.
Llegamos algo tarde pero a tiempo de enganchar con la clase teórica. Lo más interesante, cuándo tirar el paracaídas:
- Cuando una rotura grande del ala impide volar.
- Cuando hay una colisión con enredo.
- En una corbata importante que no se deslía y con inicio de barrena irrecuperable.
- En una cascada de incidentes, donde la situación empeora por momentos.
Segunda cosa, cómo tirarlo:
- Extrayéndolo del contenedor y dejándo caer, excepto si se parachuta sin viento, que entonces sí que hay que lanzarlo fuerte para que no lo atrape el parapente.
- Recogiendo el parapente antes de que se vuelva a inflar para evitar el "espejo", o liberándolo si se llevan sueltas rápidas.
El resto de la teórica, imprescindible recordarla por todo el que se cuelgue de un trapo. Igual que la técnica de plegado, que habría que rehacer en todo paracaídas una vez cada seis meses. Jota nos recuerda las dos técnicas, una en la que se abre más rápido, adivinen por cual opto yo, supervisado por Carlos López, de quien explotamos su condición de monitor en excedencia.
En la fila para saltar, ensayo continuo de la extracción. Con el contenedor ventral me cuesta llegar al asa por que está algo descolgado. Cuando me toca el turno, ya de los últimos, me quito de la cabeza el miedo interpretando el papel del valiente y trepo decidido al andamio, que empieza a temblar contagiado por mi pánico. Truco: centrarte en la colocación correcta del arnés, no parar, inspiración y soltar el aire de golpe a la vez que te dejas caer a plomo, como especialista de película de tiros alcanzado por el bueno. Esto sirve también para que no te duelan las agujas de acupuntura. A las chicas no les hace falta, solo sienten dolor cuando las planta el chulito de turno. Mejor para ellas, el que solo les duela eso y el que las deje el susodicho. Todo lo que se ensaya sirve y saco el paraca antes de la primera oscilación y hago la simulación de recogida del parapente inmediatamente después.
Antes, ocurre algo preocupante: Luisma no consigue por dos veces sacar el paraca. En tierra también cuesta ¿Mal diseño, mala colocación…? luego lo resolvieron, pero es bueno que pase… en el cursillo. A Pablo Andreu se le coló por el acelerador -tampoco pudo abrir- pero en la situación real no le hubiera sucedido.
Me alegró volver a ver a gente del curso de iniciación. Pablo el grande está recuperado, aunque se toma el reinicio con calma, hace bien. Beatríz Lamata, con constancia aragonesa -aunque no se de donde es- estaba allí, forjando una campeona contenida en los tarros pequeños de los buenos perfumes. El resto, casi nadie faltó a la cita.
El viejo Rouco no para de atosigar -con aparentes pretensiones deshonestas- a un cursillista por el que demuestra enfermiza fijación. Tengo un par de fotos que dejan constancia de ello. Enseguida ha surgido la teoría de la conspiración según la cual, Jota habría entrenado al perro para que "persuada" a todo el que no tiene seguro de vuelo que se lo saque, y ha hecho una demostración de fuerza con el colega. Yo lo tramitaré mañana mismo porque además de ser bueno, no creo que mis pantalones Quechua resistan la embestida del mixto lobo.
En la comida conozco a Sebastián, un ubriqueño que empezó a volar con 60 años y lo sigue haciendo a los 67, con dos…. Con ejemplos así no da miedo cumplir años. Nos enseña que, en un planeo sin viento y con una inclinación de espalda normal, si tomamos como referencia las rodillas, todo lo que está por debajo se puede alcanzar volando y todo lo que esté por arriba, no.
Los más inquietos se fueron para el Valle, espero que les haya ido bien. Los más tranquilos subimos al despegue de Teba sabiendo que hacía mucho viento. También hacía frío. Volvimos siguiendo la estela de un soberbio sol de invierno que remolonea ya en su puesta. Bajo su luz, el Creador pudo terminar su lienzo de ocres, blancos y verdes, donde hasta el azul del cielo siente celos de la tonalidad profunda de los olivos.
Entrada editada a las 21:10 – 5 febrero, 2012 por Isidoro
¡Frío, mucho frío! Avisados estábamos y así ha sido. No obstante, el domingo ha perdonado y algunos han sacado pecho a la rasca, ya más suavizada. Yo tenía plan de hotelito de playa y el viernes lo pasé comprobando lo bien que hablan alemán los camareros del La Barrosa Park y los distinguidos que están con su palomita y todo. Hoy domingo he ido a conocer el despegue de Vejer, un sitio interesante si se está por la zona y el viento viene de poniente. Me ha sorprendido -no agradablemente- lo cambiado que está el campo con tanto generador eólico. Hay que repetirse constantemente que eso es bueno porque se dejan de emitir a la atmósfera miles de toneladas de dióxido de carbono para no cabrearse con tan tremendo deterioro paisajístico.
Aprovechando que el Pisuerga… le prometo a la compañía una buena comida en el Bosque, intuyendo que estaría volable, y aparecí por allí cuando se veía ya algún ala por el cielo. Tras el almuerzo -Media de Marqués de Cáceres, sopita picadillo, revueltos de gambas, champiñones y jamón y medallones de ternera en salda para compartir, más cafés, 32 leuró, adivinen quién paga- se contaban por lo menos diez o doce en el aire, no muy alejados del despegue. Me acerqué por el aterrizaje con la idea de volver a conectar la vela a la silla -la tenía suelta desde el curso de paracaídas- y mientras andaba en la faena fueron aterrizando el Pacomesa, Leo, Gaspar y algunos otros. Habían hecho buenos vuelos aunque todos traían los dedos helados ¿Para cuando unos guantes calefactados de parapente?
Cómo no tenía plan de volar, no volé, pero entre abrir el ala, revisarla un poco, hacer un intento de campa, volverla a plegar, conectarla a los mosquetones, empaquetar todo de nuevo y saludar a la gente, lo único que me ha faltado en el día de vuelo ha sido volar. Me recuerda a Alfred Hitchcock, que planificaba tanto sus películas que cuando llegaba a los estudios le resultaba aburridísimo el rodaje. Bueno, no es una comparación adecuada, disfruto mucho del propio vuelo. La semana próxima será. Estaremos atentos a las predicciones de Carlos, a ver donde nos manda.
Moraleja: si el día está perro, cambia la ventisca cortante en tu cara por el tacto cálido de terciopelos y sedas en tus dedos.
Entrada editada a las 22:55 – 12 febrero, 2012 por Isidoro
Me había ganado un buen día de vuelo después de tres semanas de abstinencia. Con el Carlos de explorador y sin correos de los senior de mi tribu, contacto con los junior y enfilamos la de Algodonales, siguiendo el olfato atmosférico de Pablete. En Zero, buena movidilla vuelística: Bea la instructora, con la suave voz con la que se les habla a las flores, da teórica a tres reclutas, mis amigos gaditanos estrenan equipos y gente nueva se arrima al olor de los trapos y de los vientos. Liquido con Jota la Licencia Federativa y subimos para poniente en mi viejo Peugeot, que no se merece lo poco que lo cuido.
Poquita gente al principio pero el viento está bueno y bien encarado. David Renault y Pablo salen y suben rápido. Me tomo mi tiempo. Estreno mono paquistaní, hecho para Antonio el bailarín que resalta mi silueta… cervecera, y que me enfundo encima de las cuatro capas que llevaba. Había sustituido los pantalones por unas mallas y me puse además guantes de esquí sobre otros finos. Aun así, noté algo de fresquito arriba.
Despego bien y subo rápido al principio, recorriendo la ladera en las proximidades del despegue. El asiento de la silla está regulado en su punto -una cintas muy baqueteadas que se destensan con facilidad lo vuelven incómodo- y esa es una clave en el disfrute del vuelo. No recuerdo otra en que haya cambiado tantas veces de cota. Lo mismo estaba a cien metros por encima que a cien por debajo, mirando de reojo posibles aterrizajes alternativos. Como otras veces, ese sube y baja me sugiere la incertidumbre de tantos aspectos de la vida, como el ánimo, el amor, el trabajo, el dinero, donde hoy estás alto y mañana por los suelos y al final… todo el mundo "aterriza". Lo mejor, ver cuando vas cayendo y de pronto, un subidón y vuelta a las alturas. Hay que tener confianza en uno mismo y en la suerte. Pues eso, como la vida misma, tú eres tú (equipo material, equipo mental, tu experiencia) y tus circunstancias, la meteo de ese momento. Ortega y Gasset hubiera sido un magnífico parapentista.
La mayoría de los pilotos se concentran más alto que yo aunque alguno pincha delante del despegue. Otros, como lobos esteparios, suben en soledad hasta cerca de los dos mil, me parece. Un colega hace top landing -el coche está arriba- e inaugura un campo nuevo treinta metros antes de donde aterriza todo el mundo. Desde arriba, le veo desencantar a los cordinos del hechizo de los arbustos. De repente, aunque las condiciones son buenas, me encuentro volando solo. Me dirijo al despegue guardando las distancias con la línea de alta, tú allí y yo aquí, sobre la que hago ochos, demasiado encima del campo. En el último momento se esfuma el viento y, reafirmado por las indicaciones que Jota me hace por radio, aterrizo en el sembrado que hay tras la valla, con cuyo dueño tengo que hacer tratos de compra, dada mi querencia por ese campito. Bea, con el máximo tono de sargento de hierro que le permite su dulce voz, me hace ver que la mejor entrada es por encima de los árboles, lo mismo que Jota me había explicado tiempo atrás. Gracias por esta clase extra. Pablete me aclara el motivo de la espantada: el frío. Ventajas de ir abrigado.
La subida sentado en la perrera del Land Rover me trae a la memoria las días de insolaciones y laderas del curso de iniciación. Envidia me dan estos nuevos pollos, que con la moda del biplaza no han pateado el cuestarrón de ninguna loma con veinte quilos en coliflor clavándose en el hombro. Pero lo que no se sufre, no se disfruta.
Ana Derqui, hermosa y animada ¡chica más simpática, tú! sigue recuperándose. Salgo el último, con dos intentos fallidos. En uno, el viento afloja y al notar que la vela no me levanta, aborto. En el otro, despego y vuelvo a caer, pillándome sentado. Me avisan de que son las últimas ráfagas. A la tercera va, y empiezo a subir casi fuera del valle. Dejo la ladera siguiendo a Pablo y noto que subo sin hacer nada. Algunos meneos atenuados por el peso, debo ir al límite, me dan confianza. A lo lejos, David y otros se pierden camino de Montellano. Sobre el aterrizaje, Pablo empieza un moderado barreneo que le lleva cerca del suelo, iba por diez o doce vueltas cuando dejé de contar. La calima casi había desaparecido y el contorno aparece limpio, en toda su inmensidad, visto desde nuestro mágico ojo de pez. Algunos intentan el helicóptero y otras filigranas y yo con giros rápidos al plato, emulo a Pablo y bajo en busca del aterrizaje. El viento lo pone fácil, tomando en el campo oficial, con la consiguiente felicitación de los de Zero ¡Hacía ya tiempo! Una preciosa parapentista aterriza después, con la gracia de la gaviota al posarse sobre el malecón, y se gana el beso de un afortunado.
Tras recoger a David en Montellano, a donde llegó finalmente en el remolque de un tractor, no nos consta que se tropezara allí con alguna ardiente moza entre la paja, emprendimos el retorno. Las últimas claridades perfilan las leves colinas de la campiña y un vaho de oro viejo, despedida del sol, nos señala el oeste, por donde habrá de volver el pícaro viento… de poniente.
Entrada editada a las 2:23 – 21 febrero, 2012 por Isidoro
UN DÍA TORCIDO (O "ENTUISTADO")
Después del magnífico día de vuelo el sábado anterior y de una semana cargante en lo laboral, tenía ganas de desplegar alas. Mí día previsto era también este sábado. Cómo no sabía de nadie que saliera, me recorrí el camino de Camas donde hay una ladera que, cuando está de noroeste, recuerda a las de escuela. Hice algo de campa en el terronal pero estaba solo y no es bueno buscarle las cosquillas al viento sin compaña que socorra en caso de tropiezo. Por la tarde me tiré cuatro horas de reloj pegando trocitos de tela adhesiva allí donde veían un porito. Mi vela tiene una capa como de silicona por dentro y en la unión de las costillas del borde de ataque dicha patina se agrieta. Grietacita que había, parchecito que ponía. Os sugiero que reviséis las vuestras sin tienen ya algún tiempo.
Mi padre dice que cuando las cosas no vienen rodadas, mejor dejarlas. Es una especie de superstición que en mi caso algunas veces se cumple y otras no, pues muchas cosas interesantes en mi vida se han llevado a cabo después de tres intentos fallidos (a la tercera…). Pero esta vez todo avisaba. Tenía que estar talando árboles con mi primo y mi hijo, cargó con la motosierra desde Jaén para tal tarea, en vez ir a la sierra (la cabra tira pa´l monte y el parapentísta pá la sierra, cada loco…). Avisé que estaría en el huerto por la tarde y tiré pál monte (digo pá la sierra) con los senior de Triana. En el despegue de norte de Algodonales no se ponía claro y retrocedimos a Montellano, donde se veía gente volando.
En el despegue, el viento estaba algo cruzado, mucha gente experta hacía intentos de salida fallidos y los sensatos esperaban a verlas venir. Algo me decían que no era el momento pero tenía ganas de planear y coger el coche, que había dejado debajo, y volver a Sevilla. La primera tanda de intentos fue cada vez peor, hasta terminar, despues de una voltereta, enredando el cordaje en un acebuche. Un escuadrón de voluntarios, entre los que estaban los colegas sevillanos, lo desenredó y tras el sustillo, y pensando seriamente en que lo más sensato era volverme sin volar, volví a la carga.
Dos nuevos intentos, otra voltereta, una inflada con corbata, alguien que dice, sal tú primero que a mí me da risa, y Luisma que se ofrece a ayudarme. Nos preparamos y cuando levanté la vela, de pronto me vi girando al contrario, entuistado y volando hacia el lado y atrás, de cara al borde de salida. Solté frenos, postura fetal protegiéndome la cara con las manos y los compañones con las piernas, cimbronazo contra un arbusto y golpe fuerte y seco varios metros más allá, impactando con la frente -del casco- y con las parte delantera de las piernas. ¡Os juro que traté de hostiárme con dignidad, como manda la regla de nuestro club, y que si no salió mejor, no fue por falta de empeño!.
Resultado La presión del paracaídas ventral -algo debió protegerme- me hunde la barriga y me abre las costillas, que no se rompen esta vez, los guantes de esquí me salvan los nudillos, el caso la cabeza y las espinilleras, las patas traseras . Me levanto sin resuello pero solo me duele la pierna derecha, que no está rota, las costillas y la mano. Luego, algo el cuello. Es la segunda vez que tras una hostia, entre los que viene a socorrerme me veo la cara del Carlos preguntando como estoy y participando la operación. La otra vez fue en Matalascain. Una chica grabó un vídeo del incidente que espero colgar en la red en cuanto lo tenga, para escarmiento por cabeza ajena del personal. Ya debe resultar hasta aburrido para la colegaría, agradecer tantas atenciones. Y no me quedan palabras.
Pedí opiniones del incidente y creo que Andrés (el valiente) y Bea la instructora dieron con la clave. Debía de haber desistido después de tantos intentos, o al menos haber descansado un buen rato. Y la p… silla, según observó Bea, está mal regulada y me levanta enseguida, dejándome sin control en el giro. Jota también me indicó que, con viento fuerte es mejor levantar despacio y, si alguien te ayuda, hay que sincronizarse muy bien en el sentido del giro. Nada de esto es responsabilidad del bueno de Liusma, que hizo lo que pudo y lo pasó mal también.
Reflexiones:
- Hace falta pericia y buena forma. No hacer campa últimamente y siete quilos de más han facilitado el incidente.
- Las protecciones son importantes ¡Benditas rodilleras-espinilleras que me han salvado rodillas y piernas y bendito casco integral, que me ha conservado la jeta!
- El factor suerte también. Si en vez de hocicar contra el suelo limpio me pego contra uno de los muchos pedruscos que hay por allí… hay algo de ruleta rusa en esto.
- Cuando el día no está para uno, mejor plegar y disfrutar del paisaje y del paisanaje. Aprender a decir. – Pues hoy me voy sin volar ¿Pasa algo?
- El equipo, bueno y bien regulado.
Decisiones: recuperarse de las contusiones y dedicarme por un tiempo a recobrar la forma física. Los días de vuelo, no volar de momento, hacer campa en los aterrizajes que es muy divertido, y seguir de cerca este ambientillo que ya forma parte de mi rutina. Quizás haga fotos o vídeos -no se me da mal- y ayude en los remontes, además de la campa, claro. Cuando esté en buenas condiciones, ya se verá.
El episodio no me impide disfrutar, a la vuelta, del regalo que la naturaleza y las gentes de Cádiz hacen, sin que lo sepan ni los donantes ni los obsequiados, a todo el que transita por esas tierras. Es cómo la salud, que no se valora hasta que no se pierde. Hoy los trigales lucían un sublime verde esperanza que parecía decirle a la negra desazón que ahoga a nuestro pueblo -¡Aquí estoy yo, la esperanza, ninguna crisis inventada y provocada por los que nunca pierden me va a rendir! Eso parecían decir los trigales verdes, en su lecho ocre de tierra fértil.
Me alegro de que estés bien. Las protecciones pasivas están bien, pero no podemos ir vestidos de caballeros de la tabla redonda.
Es más importante la protección activa, que en el caso del despegue viene de hacer campa. Mucha gente da demasiado tirón en despegues con viento, y eso es una pérdida de control y muy probablemente un arrastrón (y con mala suerte quién sabe).
Lo de tu silla creo que también te lo hemos dicho alguna vez. Te sienta sin querer, creo que deberías cambiarla por una silla moderna. Lo barato es caro, y una silla es un gasto amortizado, porque duran mucho. Hoy día las hay muy ligeras (sin ser de mochila reversible, que se deterioran antes y no protegen bien en los despegues) y muy cómodas.
Y eso del parapente con miniporos reparados me da muy mala espina.
Entrada editada a las 22:11 – 20 febrero, 2012 por josesax
Muy buenas Isidoro.
Pues en primer lugar decirte que siento mucho lo ocurrido y aún más de una persona que insiste he insiste en llevar a cabo aquello que desea, las formas es lo de menos y el camino andado es eso "andado". Y la verdad me alegra leerte y me gusta mucho como cuentas las cosas, es al menos para mi, una autentica gozada ver como te expresas con aquello que deseas… La expresión es todo, y tan solo hay que leerte para saber que eres una persona amante de la naturaleza, de las buenas reuniones, de la charla etc.. Gozas de todo lo que ves, lo que hueles, lo que haces, lo que comes, lo que te cuentan, etc…
Por situación geográfica, nos encontramos algo lejos en la distancia, y las zonas de vuelo pues son distintas las que frecuento yo, yo estoy por el Valle de Abdalajis, por Villanueva de Algaidas, Loja, Teba, y estoy deseando que llegue el verano para acampar y estar con todos los de la escuela por allí, por las térmicas de Algodonales. Con ello espero verte y poder hacer campa algún que otro día juntos, que falta me hace, pero si te voy contar lo que ami me funcionó muy bien:
Los despegues los tengo todos barridos, he arrastrado mi vela por todos los chaparros, zarzas que rodean estos despegues, aprendí una cosa que menciona Carlopez, y es NO TIRAR FUERTE para levantar la vela, cansado de que me adelante y me arrastre por los despegues, lo que hago ahora es acompañar la vela, dos pasos adelante y la tengo encima mías, que se pone "trabajosa", aborto. no me altero ya por nada, me da igual 80 que 80.000, pero susto no. El miedo tras una incidencia es el factor a mi parecer peor de los peores, porque si piensas en que puede arrastrarte, terminará arrastrándote. Que te arrastra y no puedes hacer nada, pues te sacudes las rodillas, pones la vela preparada otra vez y entonces es cuando TE CAGAS EN SU PUTA MADRE Y EL HIJO DE LA GRAN PUTA DEL CHINO/a QUE LA COSIÓ, y le pegas un tirón y te espatarras encima de ella antes de que se espatarre ella encima tuya.
Ese es el secreto.
Precisamente ayer en el valle nos encontramos con un día de estos trabajosos, trabajosos, donde las térmicas estaban rotas, aquello se movía de infarto, todo el mundo achinchetado a las bandas, no tuve ni 10 segundos de calma, mi vela parecía estar poseída por el peor de los demonios de forma que ni "los buenos pilotos", se atrevían a barrenar, ni nada de nada. ya con anticiparse a la vela tenían bastante.
La verdad es que lo pasé de infarto, aún así estuve hora y media volando y frenando la vela cuando abatía, se quedaba un lateral sin presión apenas, he inclinaba el peso al lado contrario, estos días es mejor no volar, porque sinceramente verme encima del acelerador de-pié no me hizo mucha gracia. me entró ganas de pedir ayuda por radio, en el aterrizaje se encontraba un montón de pilotos "buenos" y lo comentarios…
— Hoy está esto pa cagare por las patas..
— He aterrizado porque arriba es un sufrimiento constante.
— Menos mal que no he cogido altura.
Cuando recogí la vela y me senté en reunión me dijeron que tenia la cara blanca. la verdad es que no me alegro de ello, porque jugártela por nada, no es ni bueno ni recomendable, ¿Pero sabes todo lo que aprendí?.
Pues eso, " hay que echarle valor".
Suerte en tu recuperación y espero verte pronto por los aires…
Entrada editada a las 1:11 – 5 marzo, 2012 por Isidoro
Dos semanas de penitencia (régimen de adelgazamiento y ratos de campa) me permiten matar la mala conciencia de volver a volar después del hardazo (de "hard", duro en inglés, por lo duro del suelo) de Montellano. A las nueve y media de la madrugada formamos la Patrulla Triana, compuesta esta vez por Carlos, Andrés, Rafael, Nicolás -que reaparece en los ruedos- y un servidor, y pusimos norte para el Valle, saltándonos Teba muy a pesar de alguno. También nos dejamos atrás una magnífica venta en la quincuagésimo tercera curva -máh o menó- entre Antequera y el Valle, por lo que llegamos al despegue de Capilla con lo puesto.
Arriba, viento flojito y algo cruzado de la izquierda. Lo más extraño es que no había ni un piloto local en el sitio, alguien dijo que hasta las dos no llegaban. Pasada esa hora, y con la sola compañía de dos alemanes, el viento se animó un poco y comenzaron los despegues. Los tres que me precedieron se perdían por la derecha y al poco rato se les veía la mar de altos. Salí yo, con una maniobra impecable, todo hay que decirlo, y seguí la estela de los otros, pero… cuando me di cuenta me había metido en la fuga -a aquella ladera le faltan trescientos metros por su lado este- y me encontré clavado y bajando. Metiendo medio acelerador, primero conseguí evitar los matorrales -librándome del alias de "el jabalí de Capilla"- después sobrepasé las encinas, luego conseguí superar los olivares, y cuando me veían cayendo en las ruinas de un cortijo, una ascendencia misericorde me dejó justo al lado del coche, en un fraudulento aterrizajes de precisión.
Los demás iban de vuelacos, menos los teutones, que tampoco tardaron mucho en bajar y alguno se pasó el campo y terminó donde Cristo perdió el mechero. Uno de los nuestros se fue para la ladera vecina. Decidí que aquello no quedaba así y, con más moral que el Alcoyano, empaqueté mis bártulos y tiré cuestarrón arriba, con el pasito lento de los zombis cuando van de recogida. Y llegué, ya lo creo que llegué, y descansé y preparé el equipo y cuando estaba a punto de despegar… me llama Carlos diciendo que abajo el viento está muy fuerte, que mejor que no salga y que baje el coche.Y que hice: recoger en coliflor- bueno, más bien en bata de cola- y bajar el coche agradeciendo la advertencia ¡arrastrones no por ahora, por favor!
La patrulla, buscando vientos favorables, se trasladaba a poniente ¡Vaya acierto! Uno de los lugares más bonitos que he visto para volar. El paisaje es una continua disputa entre la tierra de la campiña y el agua de los pantanos, aquí gano yo y te formo una península, allí podéis vosotros más y plantáis un golfo. Y en medio el sol, avivando los colores de una y plateando la superficie de los otros.
El despegue, con viento justito, perfecto. Los demás también, especialmente Nicolás que a pesar de llevar un año en tierra, vuela como si fuera ayer mismo cuando guardó su vela. Verle tan en buena forma física me quita el complejo de "demasiado viejo para volar". Tras salir, subo tal que en las escaleras del Corte Inglés y supero el farrallón de la izquierda a la segunda vuelta y después el de la derecha, que es más alto. Me sitúo casi a 1100 y me mantengo en la vertical de las crestas, tratando de deleitarme con la panorámica entre giro y giro. Hago fotos y grabaciones de vídeo y no me canso de admirar todo lo que alcanza la vista. En una de las aproximaciones al extremo este noto que el viento está algo fugado y fuertecito. Me quedo clavado otra vez. Meto acelerador a fondo y aproo hacia la zona de aterrizaje. Los demás, o más viejos o más listos, se concentran en el extremo oeste, donde el viento está mejor enfrentado. Forman una bella estampa, con el celeste de un cielo parcheado de nubes algodonosas sobre un horizonte incierto a modo de telón de fondo. Si ninguna prisa, como si Eolo quisiera espantar mis miedos a los rebufos del páramo, mi vieja Artax me fue llevando hasta donde debía, y, giro va giro viene, me aproxima al lugar preciso, igual que esos borricos que marchan con el dueño dormido a sus lomos. Nadie supo que aterricé en el camino y junto al coche de pura chamba y quedé genial. Andrés, encantado con su nueva vela -vela casi nueva- y Nicolás son sus nuevos vuelos. Tó er mundo contento.
Cenita de tapitas a sesenta centimitos y buena tertulia. Faltó una cantinera guapa, o en su defecto un camarero simpático. No todo puede ser perfecto. A la vuelta, hora y media de camino que dan para una buena charla y algunas confidencias. Cómo decía aquel, a los casados -o que lo han estado- no hay que explicarles ná y los solteros no lo entenderían.
Entrada editada a las 18:51 – 5 marzo, 2012 por josesax
Hola Isidoro, me alegra que estés volando.
Doy por hecho que tu anterior relato habla de este domingo pasado, lo comento porque el sábado estuve yo en capilla y no te vi.
Referente a "Capilla", siendo yo (también), un perfecto novato, comentarte por lo volado allí (tropecientas veces), que nunca, nunca verás que en el despegue de Capilla, ni en el de arriba (pegado a la piedra), ni en el de abajo, verás viento fuerte. Allí en Capilla no sirve medir el viento para nada, el viento allí es casi inapreciable, a excepción que entre de derechas (Noroeste), por lo que cuentas el viento entraba un poco cruzado de izquierdas, (noreste), por eso el vuelo en el despegue de poniente.
Bueno, pues al tema: Que quería comentarte que como el Sol no pega hasta las 12:30 del medio día, pues el viento no asciende por la ladera por ello (la casi inexistencia de viento), Peor aún lo tenemos en el despegue de Poniente, porque allí en poniente da la sombra hasta al menos 14:00 del medio día.
- ¿Que es lo que pasa allí?.
Pues los que ya han volado bastante allí y conocen la zona, saben hasta que el Sol no caliente un poco el paisaje, el viento en los despegues son casi nulos, y el riesgo de "pinchar" es alto. No obstante te comento que aunque en el despegue no haya viento ¡¡¡ CUIDADO !!! Porque arriba el viento vienen en rachas de 40 a la más mínima.
Semanas atrás, estuvimos volando allí (como de costumbre) y íbamos Ismael (de nuestro club Zero Gravity) y yo. Nos pusimos a volar y Ismael girando una térmica empezó con la derivarlo a sotavento y cuando quiso darse cuenta estaba tras de la montaña unos 30 metros. Por radio le avisamos que lo iba a coger el rotor y el aceleró su Winteck Ambar a tope, y lo pasó canutas, canutas para salir de ahí, de hecho algunos parapentistas con mucha experiencia le dijeron por radio que si no andaba hacia adelante que se diese la vuelta y tirase hacia Málaga lo más rápido posible. (Pa cagarse por las patas el susto que pasaría) Que tardó un buen rato en poder salir dándole la vela una paliza que su cara al aterrizar lo delataba.
Sin más aprovecho para recordarte que si vas al valle, seguramente me veas por allí, y si quieres tomar tapas con buena cantinera (sin pelos en los sobacos y bigote), pues gustosamente estaría encantado de aconsejarte o acompañarte.
PD. El Domingo, volamos en Loja, porque sabíamos que Capilla se iba a "enchufar" demasiado.
Entrada editada a las 6:37 – 12 marzo, 2012 por Isidoro
La jornada de vuelo se está convirtiendo en un día importante de la semana, como esos amores que entran casi sin hacerse notar y con el tiempo calan tanto que su pérdida se hace insufrible. Es además un potente balsámico que disipa los malos humores de la semana, y hay semanas donde además de malos humores hay hiel, mala baba y peor leche. El día de vuelo es mucho más que un despegue, unos trasiegos y un aterrizaje.
Los de Triana llegamos al cortijo a tiempo de desayunar, ayuno y pilotaje casan mal. Otros prefirieron Cañete, con desigual fortuna. En Levante el viento no se definía, a lo que nos tiene acostumbrados últimamente. La cosmopolita concurrencia -alemanes, franceses, ingleses y andaluces- coexistían en la explanada, formando corrillos que se hacían y deshacían como los cúmulos en día de térmicas, eso sí, cada uno con su grey. Es buena ocasión para entrenar habilidades sociales y practicar idiomas si uno se siente capaz. Uno grupo se decidió por el despegue de Nordeste, a veinte minutos de marcha. Varios lo intentaron desde el mismo Levante, unos lo consiguieron y otro arbustizó nada más despegar, bautizando su ala nuevecita con las hojas pinchudas de la ladera. El galo no sabía decir "gracias" en español… ni en francés. Asombrados nos dejó el colega que estuvo una hora de reloj batallado con una lomita a Este que vista desde arriba apenas levantaba un palmo. No remontó, pero fue la estrella del momento. Los de Zero Gravity siguen enseñando y un recién egresado nos pide ingresar en en la secta, habrá que preparar la ceremonia iniciática. Aprovechamos el impás para el bocadillo y para socorrer al menesteroso con un cacho de pan, que no se le niega a nadie, y nos trasladamos a Poniente.
Allí, viento suave pelín cruzado con rachitas témicas. Los más ansiosos empiezan a salir y los más viejos observan y esperan. El despegue de Andrés me da la señal e inicio el mío con una carrera en zig-zag que parecía estar sorteando una balasera imaginaria. No me hubiera alcanzado bala alguna pero la salida fue un churro, para entretenimiento del personal. Giro a la derecha y empiezo a subir pronto, no muy alto, hasta 1200, y rara vez vuelo por debajo del despegue. El ajuste de la silla funcionó aunque no termina de ser cómoda.
El espacio se fue llenando de parapentistas multicolores formando bandadas que unas veces se concentraban al calor de las ascendencias y otras se disgregaban, huérfanos de líderes, emulando a los cúmulos en días de térmica. Ahora todo el mundo vuela mezclado, arriba hablamos el mismo idioma. Había que estar atento a las idas, y sobre todo a las venidas, de los pilotos con los que nos entrecruzábamos, ejecutando en el aire una especie de copoeira contínua de perfección caótica. Vi al Pacomesa que se perdía, altísimo, a Andrés igual de lejos, a Pablete haciendo barrenas y a Carlos en los confines del espacio-tiempo. Lili, la simpática anglo-oriental que había conocido por la mañana, debía estar por allí también, sin que supiera donde ya que se me olvidan pronto las libreas de las velas. Meneos frecuentes y un par de plegaditas animan las evoluciones, me tranquilizaba saber que el ala vuela asentada, con cuatro kilos por encima de su límite. Como escenario, un fondo de relieves y colores atenuado por el velo blanquecino de la calima.
Cuando me sentí satisfecho puse rumbo al aterrizaje, donde llegué con la sobrada altura de siempre. En el último momento, el viento pareció cambiar y, ante la duda, encaro el trigal junto al campo oficial, ya casi de mi propiedad a fuerza de uso. Me poso con suavidad, para compensar el mal despegue, el viento y la aplicación precisa de los frenos ayudan. Sin tregua, me uní a quienes hacían campa tratando de desentrañar por qué la vela se me descontrola tanto. Observé que mientras otros, insultántemente jóvenes y expertos, jugaban con sus parapentes a modo de cometas, llagando a "derribar" al enemigo, yo solo la mantenía arriba a duras penas. Leo me dio una clave: subir el ala muy despacio ayuda a controlar, a él le pasaba lo mismo que a mí. Carlos lo confirma. El enjambre de parapentistas -llegue a contar sesenta- se fue disolviendo y un festival de aterrizajes nos alegró la vista, cuando ya oscurecía. Parecían los aviones japoneses regresando a sus portaviones después del ataque a Pearl Harbot. Unos lo hacían sobre la pista y otros caían al mar verde del trigal.
Cenita ligera, rica rica, en buena compañía y mejor servida, por fin una cantinera guapa y simpática -¿Me pones un Rivera? – De eze no tengo, zemacabao, tengo Rioja de la caza. -Pues entonces no quiero Rivera, quiero Rioja. ¡Divino acento andaluz, que nunca se pierda! Un par de chistes hicieron fortuna, uno el del granjero que decide estrenar la ordeñadora automática consigo mismo antes de descubrir que no había forma de pararla hasta que no hubiera extraído veinte litros de leche. Lili aprendió a decir "una hartá" y "perito" en vez de "perrito". Nosotros intentamos pronunciar correctamente Clint Eastwood: imposible.
Un cielo negro perlado de esas estrellas que han desparecido de las ciudades nos cubrió la vuelta. Por teléfono, un colega nos confirma un percance con lesiones. Le damos ánimo y le deseamos que se recupere pronto. Me doy cuenta de lo bonito que suena el italiano hablado entre una pareja que se quiere, aunque a ella se le escuche por un altavoz que distorsiona. ¡Que bonito es el amor, en cualquier idioma!
Nadie diría cuando el viernes salimos de Sevilla, bañada por una llovizna agónica, que en Matalascañas tendríamos ese sol limpio tras la tormenta. Íbamos Jota de Zero -nos llevaba en su coche- Pablete, José Luis, un alumno afortunado, y yo. Accedimos a las dunas por detrás del camping, ignorando el despegue del Bananas, de tan malos recuerdos, excepto Pablo, que le tiene cogido el punto a la plataforma del chiringuito. El viento era potente y bien encarado. Jota salió desde el acantilado del camping para esperarnos en el despegue de las dunas y José Luís y yo cargamos los mochilones y atacamos la playa. Los veinticinco kilos de peso de mi equipo se convirtieron en cincuenta tras recorrer el kilómetro corto hasta la subida a la duna, lo mismo que 5º bajo cero dan una sensación térmica de por lo menos -15º cuando hace ventisca. En cuanto termine de perder peso,solo me faltan cuatro, cambio de equipo, por la gloria de mi madre. El bueno de Jota subió mi mochila por el cuestarrón último, a mí me habría costado.
Se veían alas a todo lo largo del acantilado, aunque se concentraban principalmente sobre la duna grande. Conté por lo menos treinta. Jota preparó al alumno y al tercer intento estaba ya en el aire, respondiendo con destreza a sus indicaciones y metiéndose enseguida dentro de la bandada. He vuelto a tener problemas con el despegue y salí al tercer intento. El viejo asunto de sentarme en la silla antes de tiempo sin poder evitarlo. Claves que me indica Jota: no me inclino lo suficiente hacia delante y pongo los brazos demasiado extendidos con lo que freno el ala a destiempo. Hay otra más: llevo la bolsa trasera tan cargada que en cuanto la vela alza la silla, esta bascula hacía atrás, y me sienta como si me recogiera con una cuchara. El tercer intento es aceptable y giro hacia la duna madre. El resto, una gozada de perspectivas, viento, dunas, playa y el sol omnipresente reflejándose en el mar. Llego hasta la casita y practico giros rápidos sobre la zona más alta. A las dos horas, si darme cuenta me quedo casi solo y Pablete y Jota me dicen por la radio que hay que volver. Jota vuelve rascando acantilado, el alumno pincha pronto y yo después. El chico aprende deprisa: quiere ser traumatólogo, podremos ponernos en sus manos.
El domingo, servicio a domicilio, me recogen Andrés -en su coche- y Carlos a las puertas de mi estudio. La cosa va de Montellano, aunque a otra gente le fue bien en Algodonales, e incluso en el nuevo sitio de Prado del Rey. No conocía el despegue de abajo y hago de piloto catavientos saliendo el segundo: Andrés lo hizo antes pero con su supervela no cuenta como prueba. Sin advertírselo a nadie, reestrenaba mi protección de hípica para el pecho, que había modificado para que no me apretara la garganta. Menos mal que pinché y bajé rápido porque me estaba dando una auténtica atragatá en el gañote. Lógicamente, dejé de usarla. Ya se me ocurrirá algo. Subimos al despegue alto, donde Jota y su colega hicieron al menos dos bautizos de vuelo cada uno. Gratificante era ver el entusiasmo de los pasajeros -la primera, una dama cercana a la tercera edad- y de sus familiares, que aplaudían nada más despegar. Un incidente: alguien que pretende ayudar sin saber tira del asa del paraca de Jota y se suelta instantes antes de iniciar el despegue, que rápidamente aborta. Si otro menos experto llega a salir, hubiera entrado en perdida enseguida por el freno del paracaídas ¡Uffff!
El segundo vuelo empezó con un revolconcito que me recordó el hardazo que me di en el mismo sitio semanas atrás. Este finde ha sido de superación del miedo a Montellano y del pánico a Matalascañas: había que volver al lugar de los crímenes. Por radio me entero de que Carlos ha llegado a Puerto Serrano, luego supe que subió a mil metros por encima del despegue. En el segundo intento, auxiliado por un colega al que, como tantos en este deporte, no hay que pedírselo, despego bien y tomo altura enseguida, llegando a doscientos sobre el despegue. Otros, al verme se animan. Fue un vuelo metafórico de una vida agitada, unas veces arriba y otras abajo, con turbulencias que había que trabajar y con cambios de posición rápidos, de los que te levantan el ánimo decaído o te hacen una cura de humildad: mira que chulo soy, que alto he llegado, descendencia para abajo, que mala suerte, que me hundo, empujoncito para arriba. Y así hasta que -otro tropezón en la misma piedra- me vuelvo a meter en la zona de fuga y bajo sin remisión. Como la bola en la ruleta, espero a ver donde caigo, librándome del matorral, del olivar, de la bronca del labrador por pisar su sembrado, para aterrizar finalmente en un barbecho a dos metros de una alambrada de púas que ya hubieran querido para si la trincheras de la primera gran guerra. Me fastidia que la mano izquierda se me haya contracturado por momentos durante el vuelo, habrá que hace ejercicio.
Me piden que busque como subir, si no lo consigo ya bajarán a por mí. Ni corto ni perezoso emprendo el camino, calculo que dos o tres kilómetros de cuestecitas, llanitos, y repechones. Los bastones de senderismo son imprescindibles, lo de llevarlos en la silla lo aprendí de Carlos. Un lugareño esquila un borrico tataranieto de Platero y unas cabras me miraban subir la cuesta más empinada preguntándose que quien estaba más loco, si ellas que tiene la fama o yo. El macho cabrío las miraba a ellas y yo me preguntaba a la vez si les gustarían más las cabras que tienen las ubres más grandes o más pequeñas, pues en ubres de cabras, en preferencias de machos cabríos, al igual que en los hombres con sus homónimas, debe haber para todos los gustos. Me quedé si respuesta, el macho se puso a lo suyo, pastar, y yo a lo mío, seguir.
Arriba me tildaron de loco por la subida a pata, y yo les saqué lo del colesterol. Leo, después de explicarme la técnica del despegue con las dos bandas A en una sola mano -yo uso la de bandas cruzadas- me anima a salir otra vez, al igual que Andrés. Lo hago bien, con algo de ayuda, y me doy uno de los mejores vuelos que he realizado hasta ahora, por el momento mágico del día, cuando el sol regala su brillo más selecto para que la naturaleza luzca sus más bellas galas. Es un vuelo casi poético que merece ser narrado por mejor pluma , con el añadido de otro parapentista, Andrés, planenado cerca, a veces en formación y otras dejándose siluetear por unos contraluces sobre el sol del atardecer imposibles de substraer a la retina a pesar del riesgo de lesión ocular. Vivencias así los domingos dulcifican los amargores de diario.
Sospechamos que el viento está fuerte abajo y descendemos aterrizando sin ningún problema, por una vez lo hago de pie: los hombres mean y aterrizan de pie. Mientras recogemos, un sevillanito enriquece el lenguaje: -Iiiillo ¿así recogeé la vela? quién te ha "aprendío". -Querrás decir "enseñao. -No, "apredío", del verbo "aprendir". -Oye, ¿tienes una repollera? -bolsa para guardar el parapente-, -No ¡tengo un repollón!
En el bar del pueblo, de malnombre zanahorio por su especialidad en este condumio, discutimos sobre el conflicto que ha surgido entre campesinos y parapentistas. Estos no saben que los del campo se encuentran muy jodidos porque la sequía les ha arruinado la cosecha. Si además, un montón de despistados les pisan sus raquíticas plantas, el desastre va a ser mayor. Están muy, muy cabreados y se debería hacer algo. Primero, no ser bordes, que hay quienes les ha contestado mal cuando han sido recriminados, y luego hay que buscar fórmulas para compensar posibles perjuicios. La Federación debería mediar con los organismos locales en este asunto y tratar de convertir el parapente en algo bueno para el pueblo en vez de en un perjuicio.
La vuelta, un inesperado debate sobre la naturaleza de la ciencia entre un erudito de vocación, un investigador de oficio, y un curioso de vicio -vicio en el sentido de curiosearlo todo, los vicios ocultos no se mencionan- con enseñanzas para todos. Ya en casa, cansado pero contento.
Como lo llevas Isidoro??? veo que sigues volando, me enorgullece tener compañeros de vuelo así, rendirse nunca es una opción y veo que tu no solo no te rindes, si no que mejoras con el tiempo. Asi me gusta, que todo vaya saliendo y te des esos vuelacos.
Me ha hecho tela de gracia la conversación con el sevillanito, jajajajajjajaja
Me encanta leer tus articulos, son geniales.
Cuidate mucho y a ver si coincidimos un dia que ya casi no nos vemos con los pies colgando.
un abrazoooo!!!
No busques novia en un despegue, ni térmicas en un garito, jajajajajaj.